Uno de los hospitales más emblemáticos de la Ciudad de México durante el siglo XX fue el Hospital de la Castañeda, en donde eran recluidas las personas consideradas como enfermos mentales. Fue en este hospital donde comenzó a utilizarse por primera vez en la ciudad de México una de las drogas más prometedoras, la penicilina. Esta nueva droga fue el resultado del trabajo de muchas personas durante décadas, y es la forma material de aquella "bala mágica" propuesta por Paul Ehlrich a finales del siglo XIX. Su llegada a la Ciudad de México contribuyó al tratamiento de la sífilis y la neurosífilis, dos de las enfermedades más comunes en aquellos años, pero posteriormente se empezó a utilizar para tratar todo tipo de infecciones, contribuyendo a aumentar la esperanza de vida de la población.
Una ciudad vulnerable
En el año 1945 llegó al Hospital de la Castañeda un paciente de aproximadamente 40 años, a quien en adelante llamaremos el paciente X, mostraba confusión, alucinaciones, dolor de cabeza intenso, los dedos de sus pies estaban entumidos y el entumecimiento avanzaba rápidamente hacia las piernas. Uno de los síntomas que llamó la atención del médico que lo atendió, Edmundo Botello, fue la presencia de marcas en la piel representativas de la sífilis, por lo tanto, el diagnóstico parecía sencillo pero delicado, el paciente X tenía neurosífilis, una de las complicaciones más frecuentes de los infectados con sífilis y que nunca han recibido tratamiento.
Si el paciente X hubiera llegado a la Castañeda un año antes, el pronóstico hubiera sido fatal, pues no se contaba con medicamentos eficaces para su tratamiento, sólo mercurio, cianuro y permanganato de potasio, remedios que a veces resultaban peor que la enfermedad. Sin embargo, desde hacía pocos años, entre la comunidad médica circulaba información sobre un medicamento novedoso que lograba curar infecciones consideradas mortales, se trataba de la penicilina.
Es necesario mencionar, un poco al margen, que el Hospital de la Castañeda fue un centro donde se atendía a pacientes considerados como enfermos mentales y durante buena parte del siglo XX adquirió fama por ser un lugar donde se abusaba y se castigaba a los pacientes, más que por proporcionar un verdadero tratamiento a sus padecimientos. A este lugar también llegaban los pacientes que habían contraído sífilis, pues uno de los síntomas a largo plazo de esta infección son las alucinaciones y la pérdida de concentración, así como otros trastornos mentales. Sin embargo, como ya se mencionó, ni en el Hospital de la Castañeda ni en ningún otro lugar de la Ciudad de México se contaba con un tratamiento eficaz en contra de esta infección.
Dos décadas antes de la llegada de la penicilina a la Ciudad de México, las condiciones higiénicas y de salubridad no eran las mejores. Durante la década comprendida entre 1910 y 1920, se desarrolló uno de los procesos más violentos de nuestra historia, la Revolución Mexicana. Durante la revolución fue destruida buena parte de la infraestructura productiva del país,los alimentos escaseaban y las ciudades, caminos, vías férreas del norte del país, fueron dañados en mayor o menor medida, lo que provocó la aparición y rápida dispersión de infecciones de todo tipo, como el caso del a"influenza española". Es posible afirmar que desde el punto de vista económico, social y de salud pública, la Ciudad de México era una ciudad vulnerable.
Una vez finalizado el conflicto armado en 1920, inició un periodo histórico conocido como la posrevolución, que terminó en 1940. Durante estos años se inició la reconstrucción del país, pero no fue hasta el sexenio del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940), cuando se comprendió que el desarrollo económico sólo se alcanzaría con el fortalecimiento de la salud pública. Fue así que se crearon programas para la prevención y atención de enfermedades incurables como la tuberculosis y la oncocercosis; del mismo modo se construyeron nuevas instituciones como el Instituto de Salubridad y Enfermedades Tropicales, así como el leprosario "Dr. Pedro López" en Oaxaca. Fue gracias al apoyo de esta nueva política de salud pública que algunos médicos, como el ya mencionado Samuel Morones, viajaran a Estados Unidos, en donde conocieron de primera Mano los avances médicos en el tratamiento de infecciones, como el empleo de la penicilina.
El descubrimiento de la "bala mágica"
El concepto de la "bala mágica" fue propuesto por el médico alemán Paul Ehlrich, quien estaba en búsqueda de una sustancia química capaz de matar a los microorganismos que causan infecciones en las personas y en los animales, pero que al mismo tiempo mantuviera intactas a las células sanas, es decir, una "bala mágica". Fue así que logró descubrir un compuesto derivado del arsénico al que dio el nombre de salvarsán, la primera "bala mágica" capaz de combatir infecciones, sin embargo, su efectividad era bastante limitada.
Una nueva esperanza llegó en 1928, cuando el científico británico Alexander Flemming descubrió, de forma accidental, que un hongo conocido como Penicillium lograba matar a las bacterias conocidas como "estafilococo dorado" (estas bacterias se encuentran de forma común en la piel de las personas y son las responsables de una gran variedad de infecciones). Poco tiempo después, pudo identificar que el hongo producía una sustancia capaz de detener el crecimiento y de matar a las células de estafilococo dorado.
Sin embargo, el propio Flemming desestimó su descubrimiento, pues consideraba que la penicilina era una sustancia química inestable y su efecto no era tan potente, además, observí que los microorganismos se hacían resistentes rápidamente a sus efectos. Así pues, en 1938, diez años después de su descubrimiento, Howard Florey, Norman Heatley y Ernst Chain, comenzaron una carrera para producir penicilina a escala industrial, y así poner al alcance de más personas las bondades de esta "bala mágica".
En un principio, la obtención de la penicilina era un proceso complicado, pues se requería de 200 litros de cultivo filtrado para obtener unas cuantas Unidades Internacionales (UI) de penícilina. Las UI son una forma de medir la actividad biológica de una sustancia, en el caso de la penicilina, una UI equivale a 0.6 g.
Como ya se mencionó, el equipo de Florey comenzó su trabajo un año antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, esto dificultó la obtención de apoyos por parte de los gobiernos y las empresas farmacéuticas. Sin embargo, una vez iniciado el conflicto mundial muchas empresas comenzaron a interesarse por la producción industrial del antibiótico y se desarrollaron pruebas para comprobar su eficacia terapéutica y bajar los costos de su producción.
Fue así que, para cuando la guerra estaba finalizando, ya contaban con la capacidad de producir 650 mil millones de UI al año, esto sólo fue posible con la obtención de cepas mejoradas de Penicillium, la modificación de los medios de cultivo, así como el perfeccionamiento de las técnicas de fermentación.
La "bala mágica" llega a México
Duarante el periodo presidencial de Miguel Alemán (1940-1946), continuó el impulso de políticas de salud en el país. Fue durante su sexenio que llegaron los primeros gramos de penicilina a México procedentes de los Estados Unidos y comenzaron a ser empleados con éxito.
En 1944 el doctor Edmundo Botello fue el único médico mexicano que asistió a la Convención de Penicilina que se llevó a cabo ese año en San Louis Missouri, en donde se llegó a la conclusión de que la penicilina podía ser utilizada con éxito para tratar casos de sífilis y neurosífilis.
En 1945 comenzaron a ser tratados los primeros pacientes con penicilina en el Hospital de la Castañeda, entre ellos, nuestro paciente X. En este hospital el tratamiento de penicilina fue administrado sin costo a los pacientes indigentes, mientras que a los internos se les administraba cobrando únicamente el costo del fármaco, todo esto se hizo bajo la supervisión de médicos psiquiatras. El tratamiento con penicilina resultó muy eficaz en los casos de neurosífilis, de tal forma que el medicamento comenzó a formar parte del cuadro básico de medicamentos, de esta forma, cualquiera que lo necesitara dentro del hospital podía acceder a él.
A manera de conclusión, el paciente X pudo salvar su vida gracias a la aplicación de la "bala mágica". esa letra X puede ser sustituida por cualquier nombre, ya que todos los que habitamos una ciudad como la de México hemos utilizado antibióticos en alguna etapa de nuestra vida, y seguramente los volveremos a consumir tarde o temprano. Pero la "bala mágica" tiene poco de mágico, y como metáfora para explicar a las personas no informadas resultó muy útil, sin embargo, fueron la ciencia y la tecnología las que hicieron posible su creación y que se salvaran la vida de muchos pacientes, como nuestro paciente X.




